otras experiencias sobre el paisaje (20)
CONSERVACIÓN DE LA NATURALEZA Y MODELO AGROECOLÓGICO PARA ASTURIAS
Por Jaime Izquierdo. La Nueva España, jueves 22 de febrero de 2007
Explicadas las causas que relacionan crisis del paisaje natural y abandono de la agricultura tradicional parece obligado buscar las soluciones en el ámbito de su confluencia, esto es, en la agroecología. La reconciliación entre el campesino y la naturaleza podría concretarse considerando, al menos, cinco aspectos: la definición de los ideales paisajísticos, o lo que es lo mismo, el modelo «canónico» de medio natural al que aspiramos; la gestión de los espacios naturales y los prototipos de explotación agropecuaria, y de manejo de las especies silvestres; los programas formativos y de inserción profesional pertinentes; la determinación de los contingentes de gestión suficientes y, por último, la financiación de esta nueva política.
La definición de los «paisajes canónicos» es, sin duda, la primera tarea importante para la conformación de un modelo agroecológico regional. El canon, por etimología, hace referencia a las reglas que establecen «la norma o manera de hacer algo». En el caso de los paisajes de ganadería de montaña, el ideal estético y funcional «puede interpretarse como un sistema de uso del suelo dirigido más a mantener la estabilidad a largo plazo que a obtener la máxima producción, en un contexto donde las aportaciones externas de agua, energía o fertilizantes son mínimas» (G. Bernáldez, 1985).
A esta visión del componente cultural y humano del paisaje natural se han acercado también Martínez de Pisón (2004), Gómez Mendoza (1997), Ortega Valcárcel (1998) o Capel (2005). Al igual que buena parte de la comunidad científica, que en los últimos años ha manifestado la necesidad de emprender reformas en la política de conservación de la naturaleza sobre la base de «parámetros humanos y patrimoniales» (Serrano, 2004), «salvaguarda y mejora de las tramas rurales del paisaje» (Mata, 2004) o de «cultura del territorio» (Parra, 2006).
Sin embargo, y a pesar de su trascendencia, la aproximación a los modelos canónicos de los paisajes naturales en Asturias no es demasiado compleja. Basta con observar las trazas de los paisajes actuales, su evidente vinculación a los usos ganaderos extensivos y la pervivencia, hasta hace apenas unas décadas, de una variada gama de sistemas tradicionales y así obtener la información necesaria para construir el nuevo modelo de relación entre economía agraria y ecología de los recursos naturales.
Los trabajos de etnografía (Joaco López, Armando Graña, Museo del Pueblo de AsturiasÉ), de antropología (Adolfo GarcíaÉ), etnobotánica (Matías MayorÉ), análisis geográfico regional (Francisco Quirós, Manuel Maurín, Amalia Maceda, Fermín Rodríguez, Felipe FernándezÉ), economía agraria (Jesús Arango, José Manuel Naredo, Pablo Campos, Cándido PañedaÉ), recursos naturales (INDUROTÉ), completados con la perspectiva de la ecología cultural -por cierto, ausente en la investigación universitaria asturiana-, serían suficientes para ayudarnos a definir los modelos locales de gestión campesina del territorio.
En segundo lugar, tendremos que plantear nuevas orientaciones de gestión en los espacios naturales, dedicando una especial atención al manejo agropecuario de los recursos naturales y su relación con las especies silvestres y con el territorio.
Pero antes es preciso superar el actual marco conceptual en la política de conservación de la naturaleza, constreñido por los aspectos biológicos de la misma y escasamente afín a los propósitos de la ecología cultural. Esa limitación le ha impedido aproximarse a la componente agroecológica del territorio, lo que acabó por restringir su capacidad normativa sobre los recursos naturales a las especies de fauna y flora silvestres, al acotamiento de espacios para su «protección» y, en definitiva, a unas propuestas de gestión del paisaje desarraigadas de la realidad histórica, económica, social y cultural del campo.
Algo parecido, y en dirección contraria, se podría decir de la visión industrial de las políticas agrarias, incapaces en el pasado, más que en el presente, de promover la modernización de las explotaciones desde una lógica, valga la redundancia, ecológica.
En consecuencia, estamos obligados a pensar en nuevos prototipos de explotación agropecuaria, orientada tanto a la producción ecológica de calidad como a la gestión del paisaje natural. Por paradójico que pueda parecer, estas nuevas estructuras que reclamamos tendrán más parecido, en su aspecto funcional y estético, con las caserías tradicionales que con las explotaciones agrarias surgidas desde la perspectiva industrial. Eso no supone, obviamente, un viaje al pasado, sino una revisión inteligente de la historia agroecológica del país y una rehabilitación de los valiosos conocimientos campesinos para volver a vincular huerta, terrazgo y monte desde una perspectiva que incorpore pluriactividad, autoestima, confort y supere la penalización de la vida en el campo.
En tercer lugar, y asumida la necesidad de definir cánones y procedimientos innovadores en la gestión de los recursos naturales, cabe preguntarse ¿de dónde van a surgir los nuevos campesinos?, ¿cómo formar a los nuevos gestores del territorio y a los nuevos profesionales del campo? También en este asunto el tema es más que preocupante.
Hace unos meses recibí una invitación de Carlos Pérez, director del IES de Luces -en el que se ofrece formación de la familia profesional de la rama agraria- para impartir una conferencia. En su carta decía que ante el abandono del campo, la oferta formativa reglada de ganadería y hortofruticultura había desaparecido. Añadía más adelante, «mantenemos todavía un ciclo formativo de gestión y organización de los recursos naturales y paisajísticos, debido a que esta titulación es necesaria para las oposiciones a la guardería del Principado». La conclusión es más que evidente: los estudiantes de Luces prefieren ser funcionarios en los espacios protegidos antes que ganaderos.
Sin embargo, en el planteamiento en el que estamos tratando de redefinir la política de conservación de la naturaleza y la gestión agroecológica de los recursos naturales, el déficit no está tanto en los guardas sino, y sobremanera, en los campesinos.
Reformar los programas de estudio de la formación profesional agraria para adaptarlos a estas nuevas ideas, a mitad de camino entre la producción ecológica y la paisajística y, sobremanera, ofrecer un futuro profesional más enriquecedor y estable a los nuevos campesinos, superador de las penurias que sufrieron sus padres y abuelos, puede servirnos para señalar nuevos objetivos.
En cuarto lugar, es preciso hacer referencia a los contingentes, a las funciones y a los protocolos del nuevo trabajo campesino. Es decir, al número de explotaciones con las que podríamos garantizar una gestión equilibrada del ecosistema y a las tareas que deben desarrollar para el mantenimiento del paisaje. Concretaré la idea: ¿con cuántas unidades de pastoreo y con qué contingentes ganaderos de ovino, caprino y vacuno de vocación quesera podemos gestionar «canónicamente» los puertos, las cuestas y los invernales de los Picos de Europa? ¿Cuántas y qué distribución deben tener las colmenas en Fuentes del Narcea? ¿Cuánto rozamos y cuánto dejamos que se «eche a monte»? ¿Qué métodos y qué tecnologías pueden ayudarnos a restar penosidad e incrementar la ecoeficiencia del trabajo?
Para avanzar en estas propuestas podríamos ensayar su aplicación en entornos como el Parque Natural de Somiedo. No en vano, con más acierto que error, ya desde su origen se ha planteado el equilibrio entre actividad agropecuaria y gestión de las especies silvestres y en eso radica, precisamente, el éxito tanto de su estrategia de conservación como de la aceptación social de la misma.
Entre la sobreexplotación agraria de principios del siglo XX y el abandono en los prolegómenos del XXI encontraremos, sin duda, la respuesta a los contingentes ideales, al número de guardas y al número de campesinos/gestores de los recursos naturales, con el que podemos garantizar una gestión más o menos canónica de los espacios protegidos.
Por último, para incentivar la implantación de las nuevas explotaciones campesinas y para retribuir los servicios ambientales que prestan -es decir, los beneficios que para la conservación del medio generan con su trabajo-, necesitamos plantearnos, por una parte, cuánto nos costaría la implantación de esta política de conservación del paisaje y, por otra, de dónde sacaremos la financiación.
La Unión Europea ha sido hasta la fecha la principal fuente de financiación. En el futuro, una estructura financiera de la empresa campesina ajustada a la disponibilidad de los recursos locales y a la introducción en mercados de calidad, una intervención pública que retribuya los servicios ambientales prestados por las empresas campesinas, o las cooperativas de servicios agroambientales y -por qué no- un sistema de ecotasas, vinculado al uso turístico de los espacios protegidos, podrían constituir las tres patas de la financiación del nuevo modelo agroecológico propuesto.
Pero para que todo esto eche a andar necesitamos tanto voluntad política, para emprender las reformas necesarias, como capacidad para explicar a los ciudadanos que la conservación de la naturaleza, la gestión de los recursos naturales y el desarrollo rural son interdependientes y deberían ser diseñados, pensados y gestionados en una estructura y en una lógica común de «medio rural».
Es hora de retomar las tres políticas, de repensarlas de forma radical, para que emanen las contradicciones y podamos crecer solventando los desencuentros del pasado industrial. Pongámosnos a la tarea ahora, a las puertas de un nuevo siglo, de un nuevo período de programación de fondos estructurales y de una nueva legislatura.
Jaime Izquierdo es jefe del departamento tecnológico del Servicio Regional de Investigación y Desarrollo Agroalimentario (SERIDA).
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paisajesdealpuente dijo
Complejo artículo como complejos son los problemas del mundo rural, de su economía y su paisaje. Complejidad necesaria y urgente, sino queremos perderlos para siempre o verlos convertidos en meras escenografías vacias, ambas con el consiguiente desastre medioambiental y económico para sus pobladores.
En relación con los municipios de La Serranía y otras comarcas valencianas cabría preguntarse: ¿están capacitados sus gestores (temporales), locales y autonómicos, de afrontar dicha complejidad?¿son tan siquiera conscientes del problema y de su grado de complejidad?¿existen instrumentos de debate que permitan avanzar en su análisis y la busquedad de soluciones eficaces?
Mi respuesta a estas preguntas: no
23 Febrero 2007 | 11:15 AM