paisaje del molino de la Villa: las huellas del hombre
por Jesús Carrión Olarte

En una geografía rural ampliamente ocupada por cultivos, los sucesivos barrancos que recorren de norte a sur su territorio constituyen una de sus preciadas excepciones. El curso del Reguero a su paso por los profundos barrancos, aún con su caudal variable y escaso, nutre ricos ecosistemas de ribera, paisajes de variada fauna y flora abundante.
Pero incluso en estos parajes de difícil orografía no faltan los signos de la presencia humana, presencia eso si, que ha sabido no solo cohabitar con el elemento natural sino sacar provecho de él en una sabia y respetuosa coexistencia.
En el barranco objeto de estudio, encontramos dos construcciones estrechamente ligadas a la utilización de sus recursos: el molino conocido como de la Villa y un horno, una construcción menor ligada al aprovechamiento de la madera de almez.

La infraestructura del molino de la Villa se inicia con una pequeña presa a unos doscientos metros aguas arriba de lo que es propiamente el conjunto edificado. Es allí donde se desvía parte del caudal del Reguero hacia el canal que con ligera pendiente conducirá sus aguas hasta la balsa, mientras que las aguas no domesticadas del Reguero continúan su curso natural, en una sucesión de pequeñas balsas y saltos de agua.

El conjunto edificado, en el que aún es fácil distinguir su balsa, el cuerpo que alberga el cárcamo y la sala de muelas, la vivienda y corrales, se levanta en el lugar preciso. Se construye allí donde la orografía aporta el desnivel suficiente para conseguir que la caída de agua proporcione la energía para mover el rodezno, así como mantener la construcción a salvo de posibles crecidas. De este modo, una vez almacenada suficiente agua en la balsa, la molienda era posible dejándola caer por el cubo de la balsa, un conducto cilíndrico de 1,10 m de diámetro y 6,20 m de profundidad. En su tramo final, un aún existente canalejo guiaba el impacto del agua sobre los álabes del rodezno, haciendo girar toda la maquinaria. Una vez cumplida su misión, el agua era devuelta al curso natural del Reguero.

El segundo elemento construido es un pequeño horno de almez, en un lugar próximo al bosque de esta especie. El almez proporciona al final del verano un fruto comestible, pero por lo que realmente era apreciado era por su madera flexible, apta para la fabricación de diversos utensilios. Su aprovechamiento comenzaba con la poda de sus ramas, propiciando que su crecimiento se asemejase al utensilio a fabricar, bien un bastón, un mango para una herramienta o una horca. Una vez cortada, la rama era introducida en el horno. En caliente y apoyándose en elementos auxiliares, su moldeado era relativamente fácil.

Ambas construcciones que el hombre incorporó al paisaje natural, constituyen bellos ejemplos heredados de lo que fue en el mundo rural el sabio aprovechamiento de los recursos. Y ello constituye un preciado legado, tan cercano en el tiempo, y tan lejos en sus intenciones, pues qué distinto es hoy el trato que la acción del hombre da a este singular paraje.
Mi agradecimiento al Centro Excursionista de Chelva. Suya es la última foto del bosque de almez y la información sobre el horno.



cechelva dijo
Muy interesante el estudio que habéis hecho.
Desde aquí animaros a seguir con tesón con ese trabajo.
Un saludo chelvano.
20 Abril 2006 | 08:27 PM