El paisaje de los huertos de la Villa de Alpuente
por Alfredo Rubio Rubio

El paisaje es una idea de percepción plurisensorial. La inclusión de la perceptibilidad en el paisaje supone que los integrantes han de poder percibirse a distancia, sea mediante la vista, el oído o el olfato. En otras palabras, el concepto de paisaje trasciende la mera percepción visual, e incluye también los sonidos y los olores.
Ahora bien, que un elemento del ecosistema no sea perceptible no significa que no contribuya a la creación, el mantenimiento o la transformación del paisaje, aunque esté fuera del panorama, como por ejemplo el agua subterránea. La mayor parte de los insectos pasan desapercibidos en el paisaje, pero su existencia y actividad contribuyen a que lo que vemos, oímos u olemos sea como es, sin insectos polinizadores desaparecería la mayoría de las plantas.

Quizá los organismos vivientes que más contribuyen al paisaje de los huertos, por ser más perceptibles, sean las plantas. Los individuos aislados (árboles, matas, etc) y, sobre todo, las formaciones vegetales de los cultivos. Por su persistencia y su inmovilidad, las plantas sirven de soporte fundamental a este paisaje, pero no por inmóviles las plantas tienen una apariencia inmutable. Para fascinación del observador, este paisaje es una de las zonas sometidas a la estacionalidad y cambia a lo largo de los meses del año. Esa mutación ha de atribuirse en gran medida al ciclo anual de las plantas, ajustado al clima del lugar, de modo que desde un mismo punto de observación, el paisaje varía a lo largo del año. En los huertos el paisaje cambia desde la primavera hasta al otoño, prueba de ello son las distintas floraciones, la aparición de frutos y las distintas operaciones culturales que se realizan en ellos.
Si bien las plantas son los constituyentes más visuales del paisaje, la contribución de los animales en cuanto a otras sensaciones está más equilibrada. No obstante, quien puede negar la belleza del vuelo rasante para beber agua en las balsas de las golondrinas y la visión de los renacuajos nadando.
Sólo con la pretensión de estimular al lector a que busque las suyas propias, puedo enumerar algunas de las sensaciones no visuales de origen animal, y que inequívocamente se incorporan al paisaje. Hemos de mencionar el canto de los pájaros, pero también está el de los insectos, sean chicharras o grillos, el zumbido de moscas o de abejas; las ranas y los sapos animan las escenas nocturnas de las balsas.
He hablado de flora y fauna integrantes del paisaje de los huertos, pero los elementos arquitectónicos también son grandes integrantes de este. La majestuosidad del acueducto de "Los Arcos" que nos hace pensar en el pasado, la tranquilidad que evoca el caer del agua por las fuentes, la rusticidad de las paredes de piedra, la belleza de las balsas cuando estas están llenas de vida acuática, etc.

