por Jesús Carrión Olarte

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Una clasificación, mayoritariamente aceptada, de los elementos que constituyen un paisaje, es en las recientes teorías del paisaje, la que hace referencia a su naturaleza abiótica, biótica o antrópica. Los elementos abióticos son los relacionados con la geología y clima, tales como ríos, barrancos, bahías o montañas, paisajes nevados o erosionados. Por elementos bióticos se entiende los relacionados con la vida, es decir la flora y la fauna, dando lugar a las diferentes comunidades naturales. Los elementos antrópicos son los relacionados con el hombre, bancales, caminos, puentes o edificaciones.

Algunos de los elementos del paisaje pueden considerarse simultáneamente biótico-antrópico, como por ejemplo un pastizal, o abiótico-antrópico, como sería el caso de un núcleo urbano adaptado a una ladera o una bahía.

A su vez en un mismo paisaje aparecen estos elementos combinados en mayor o menor medida, permitiendo su clasificación. Así podemos hablar de paisaje natural si los elementos dominantes son el abiótico y el biótico, es decir si no ha sido modificado por la acción del hombre.

En el lado opuesto pensemos en un paisaje urbano, definido principalmente por la acción del hombre, pero en el que los elementos abióticos (la orografía o el curso de un río) han determinado su estructura, y en el que lo biótico (parques, arbolado de calles, ) no deben estar ausentes.

Otro tipo de paisaje, que en nuestro entorno adquiere un especial interés, es el paisaje humanizado. Se trata de un paisaje que por familiar puede llevarnos a creer que es el natural, pero a poco que aprendamos a entenderlo, descubriremos las huellas que han dado lugar a su transformación. Considerado el entorno natural como fuente de recursos, hemos sustituido, a lo largo de la historia, bosques por pastizales o cultivos, hemos conducido el agua transformando yermos parajes en fértiles huertas, abancalando laderas, construido asentamientos urbanos cercanos a nuestros recursos.

Desde un punto de vista etnográfico, nuestro paisaje humanizado representa la estructura sobre la que se asienta el modo de vida rural. Representan igualmente un sabio equilibrio entre hombre y naturaleza, un equilibrio sostenible que garantiza la utilización de sus recursos en tanto no se sobrepasen ciertos límites, un equilibrio en suma, que permite el desarrollo humano con la coexistencia de nuestra biodiversidad. Como experiencia estética, y también ética, la confluencia de los elementos abióticos, bióticos y antrópicos enriquecen nuestros paisajes.

música: El pare i la mare (Anónimo/Jordi Savall)- El pájaro de la felicidad - 1993 Éditions musicales AUVIDIS