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La Coctelera

Categoría: teoria del paisaje

paisaje y participación ciudadana

Difícil hablar de ordenación del paisaje y olvidarse de la participación ciudadana. "La participación no es una guinda" sino más bien, en el contexto de una sociedad democrática del siglo XXI, una necesidad ineludible de diálogo y equilibrio entre miradas diversas.

Del seminario organizado por el Observatorio del Paisaje y el Departamento de Interior, Relaciones Institucionales y Participación de la Generalitat de Cataluña que se celebró el 1 de junio de 2007 en el Centro Cultural La Mercè de Girona, podemos acceder a sus documentos que sirvieron de base.

El seminario puso sobre la mesa varias experiencias concretas y propuestas metodológicas innovadoras emprendidas entorno a los procesos de consulta y participación ciudadana en Cataluña ("Paisatge i participació ciutadana", "La participació pública i social en els catàlegs de paisatge de Catalunya", "La participació a escala supramunicipal: les cartes del paisatge", "Les dimensions socials del paisatge. Una aproximació metodològica de l'assignació de valors al paisatge", "La geovisualització aplicada als processos participatius", "Imaginació ciutadana. Participació creativa").

Hablar de ordenación del paisaje es hablar de participación ciudadana. En nuestro entorno, hoy por hoy, hablar de políticas decididas de paisaje (y participación) es hablar del Observatori del Paisatge.

¿son sostenibles nuestros paisajes?

por Jesús Carrión Olarte

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Ya en anteriores artículos hemos hablado de lo que denominábamos paisajes humanizados. Los hemos abordado, por un lado, como paisajes consolidados ligados a nuestra historia, en los que reconocer nuestra identidad. Hemos abordado también su humanización en términos de responsabilidad. Si en el paisaje heredado podemos reconocer los aciertos (y desaciertos) de las acciones de nuestros antepasados, el futuro nos obliga, entendiendo los paisajes humanizados como procesos dinámicos, a medir nuestras acciones.

Si el paisaje heredado, es consecuencia principalmente de una actividad humana ligada a la explotación de los recursos agrícola y ganadero, a nadie se le escapa que los actuales medios de explotación, poco tienen que ver, en términos de utilidad, con los antiguos bancales, molinos hidráulicos o acueductos. A nadie se les escapa también que ambos sectores, que antaño servían de sustento a los pobladores de Alpuente, no pasan hoy por su mejor momento, lo que no solo pone en crisis las construcciones antes mencionadas, sino lo que es mucho más grave, todo un modelo territorial y forma de vida. Como consecuencia de ello, Alpuente, no ajeno a la dinámica general de nuestro país, ha presenciado en su pasado mas reciente, el éxodo masivo de sus gentes.

En el primer artículo hablamos del paisaje como patrimonio, sumando al concepto de mera explotación de recursos, sus valores etnográficos, naturales y estéticos. Asistimos hoy al reconocimiento por la sociedad de estos valores, y como consecuencia el paisaje como patrimonio, bajo el nombre de turismo rural, turismo de interior o cultural, pasa a convertirse en bien económico.

Si el concepto de desarrrollo de los años 60, que todavía hoy persiste en nuestras mentes, ponían (y ponen) en peligro lo más preciado de nuestros paisajes y del modo de vida ligado a él, un modelo económico basado principal y casi exclusivamente en la explotación turística del patrimonio no está exento de peligros. Con frecuencia, una concepción simplista del modelo de vida rural, listo para el consumo del turista ocasional ávido de tópicos, ha convertido paisajes similares a los nuestros, en paisajes museo, en decorados vacíos de significado real.

La pregunta ¿son sostenibles nuestros paisajes?, pretende servir de reclamo para el debate sobre el futuro de nuestro patrimonio, sin duda rico y sobre todo nuestro. Solo insertando el patrimonio heredado, bancales, molinos, acueducto, aldeas, parajes naturales, como datos de partida en la planificación de nuestro desarrollo futuro, puede garantizarse su supervivencia como elementos vivos y no, en el mejor de los casos, como simples piezas de un decorado.

Sin duda no es tarea fácil, pero imprescindible si no queremos pagar el desarrollo con cultura.

música: El alba (Eduardo Paniagua)-Jardín de Al-Andalus-1999 Pneuma.

El paisaje de los huertos de la Villa de Alpuente

por Alfredo Rubio Rubio

El paisaje es una idea de percepción plurisensorial. La inclusión de la perceptibilidad en el paisaje supone que los integrantes han de poder percibirse a distancia, sea mediante la vista, el oído o el olfato. En otras palabras, el concepto de paisaje trasciende la mera percepción visual, e incluye también los sonidos y los olores.

Ahora bien, que un elemento del ecosistema no sea perceptible no significa que no contribuya a la creación, el mantenimiento o la transformación del paisaje, aunque esté fuera del panorama, como por ejemplo el agua subterránea. La mayor parte de los insectos pasan desapercibidos en el paisaje, pero su existencia y actividad contribuyen a que lo que vemos, oímos u olemos sea como es, sin insectos polinizadores desaparecería la mayoría de las plantas.

Quizá los organismos vivientes que más contribuyen al paisaje de los huertos, por ser más perceptibles, sean las plantas. Los individuos aislados (árboles, matas, etc) y, sobre todo, las formaciones vegetales de los cultivos. Por su persistencia y su inmovilidad, las plantas sirven de soporte fundamental a este paisaje, pero no por inmóviles las plantas tienen una apariencia inmutable. Para fascinación del observador, este paisaje es una de las zonas sometidas a la estacionalidad y cambia a lo largo de los meses del año. Esa mutación ha de atribuirse en gran medida al ciclo anual de las plantas, ajustado al clima del lugar, de modo que desde un mismo punto de observación, el paisaje varía a lo largo del año. En los huertos el paisaje cambia desde la primavera hasta al otoño, prueba de ello son las distintas floraciones, la aparición de frutos y las distintas operaciones culturales que se realizan en ellos.
Si bien las plantas son los constituyentes más visuales del paisaje, la contribución de los animales en cuanto a otras sensaciones está más equilibrada. No obstante, quien puede negar la belleza del vuelo rasante para beber agua en las balsas de las golondrinas y la visión de los renacuajos nadando.

Sólo con la pretensión de estimular al lector a que busque las suyas propias, puedo enumerar algunas de las sensaciones no visuales de origen animal, y que inequívocamente se incorporan al paisaje. Hemos de mencionar el canto de los pájaros, pero también está el de los insectos, sean chicharras o grillos, el zumbido de moscas o de abejas; las ranas y los sapos animan las escenas nocturnas de las balsas.
He hablado de flora y fauna integrantes del paisaje de los huertos, pero los elementos arquitectónicos también son grandes integrantes de este. La majestuosidad del acueducto de "Los Arcos" que nos hace pensar en el pasado, la tranquilidad que evoca el caer del agua por las fuentes, la rusticidad de las paredes de piedra, la belleza de las balsas cuando estas están llenas de vida acuática, etc.

03 - la humanización del paisaje

por Jesús Carrión Olarte

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Iniciábamos el anterior artículo estudiando los diferentes elementos que componen un paisaje, para concluir introduciendo el concepto de paisaje humanizado. El término paisaje humanizado, es utilizado en una primera acepción, para dar nombre a aquellos paisajes próximos al natural, pero en los que podemos identificar la intervención del hombre. Con él nos referimos a aquellos paisajes, tan comunes en nuestro territorio, que no son ni urbanos ni naturales.

Una acepción más general nos lleva a pensar que en dicho término podemos englobar la casi totalidad de los paisajes, ya que en la actualidad no existe el paisaje natural en su estricto sentido. La humanización del paisaje, en mayor o menor grado alcanza todos los rincones de nuestro territorio.

Nuestros paisajes no son consecuencia de una relación inexorable con la naturaleza, sino la manifestación de una relación relativamente libre, en mayor medida cuanto mayor es la capacidad del hombre para configurarlo.

Quisiera en este escrito incidir en dos aspectos implícitos en esta humanización del paisaje: la responsabilidad que ello conlleva y el dinamismo de los paisajes.

Si en los albores de nuestra historia, la capacidad de modificación del medio era escasa y por tanto pocos juicios podría despertar su incidencia, desde la Revolución Industrial hasta la fecha esta capacidad se ha visto multiplicada de tal modo que nuestros territorios son vulnerables a nuestros propios actos, hasta el punto de poder afirmar que su destino está hoy en nuestras manos. Se impone por tanto, ya entrados en el siglo XXI, valorar la repercusión de nuestras acciones.

El segundo aspecto es el de entender los paisajes como procesos dinámicos. Heredamos nuestros paisajes configurados como estructuras útiles a las sociedades que nos han precedido. Pero si nuestros paisajes revelan lo que hemos sido, también son muestra de los que somos. El paisaje solo puede entenderse, al menos de forma plena, como escenario vital.

Asumiendo la transformación del paisaje como hecho implícito de su proceso vital, solo un conocimiento profundo de su estructura, una identificación de sus valores, de sus imágenes y símbolos puede dotar a nuestras decisiones futuras de responsabilidad y convertirlas en sólidas acciones en su configuración.

Siendo el paisaje un patrimonio colectivo, también su defensa recae en toda la comunidad. Se hace por tanto necesario la educación en el paisaje como conocimiento indispensable del medio. El paisaje, como concepto puramente humano, solo existe si alguien lo reconoce y lo valora. Aprender a leer nuestros paisajes es dotar de significado y valor a nuestro territorio. Sería deseable que la formación de las nuevas generaciones, tantas veces cargados de materias ajenas a su hábitat, a su modo de vida o a sus intereses, incluyera un mayor conocimiento del lugar donde se habita, lugar que pronto les reclamará la responsabilidad de su transformación.

música: Canarios (Girolamo Kapsberger/Jordi Savall)- El pájaro de la felicidad - 1993 Éditions musicales AUVIDIS

02 - elementos de un paisaje: lo biótico, lo abiótico y lo antrópico.

por Jesús Carrión Olarte

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Una clasificación, mayoritariamente aceptada, de los elementos que constituyen un paisaje, es en las recientes teorías del paisaje, la que hace referencia a su naturaleza abiótica, biótica o antrópica. Los elementos abióticos son los relacionados con la geología y clima, tales como ríos, barrancos, bahías o montañas, paisajes nevados o erosionados. Por elementos bióticos se entiende los relacionados con la vida, es decir la flora y la fauna, dando lugar a las diferentes comunidades naturales. Los elementos antrópicos son los relacionados con el hombre, bancales, caminos, puentes o edificaciones.

Algunos de los elementos del paisaje pueden considerarse simultáneamente biótico-antrópico, como por ejemplo un pastizal, o abiótico-antrópico, como sería el caso de un núcleo urbano adaptado a una ladera o una bahía.

A su vez en un mismo paisaje aparecen estos elementos combinados en mayor o menor medida, permitiendo su clasificación. Así podemos hablar de paisaje natural si los elementos dominantes son el abiótico y el biótico, es decir si no ha sido modificado por la acción del hombre.

En el lado opuesto pensemos en un paisaje urbano, definido principalmente por la acción del hombre, pero en el que los elementos abióticos (la orografía o el curso de un río) han determinado su estructura, y en el que lo biótico (parques, arbolado de calles, ) no deben estar ausentes.

Otro tipo de paisaje, que en nuestro entorno adquiere un especial interés, es el paisaje humanizado. Se trata de un paisaje que por familiar puede llevarnos a creer que es el natural, pero a poco que aprendamos a entenderlo, descubriremos las huellas que han dado lugar a su transformación. Considerado el entorno natural como fuente de recursos, hemos sustituido, a lo largo de la historia, bosques por pastizales o cultivos, hemos conducido el agua transformando yermos parajes en fértiles huertas, abancalando laderas, construido asentamientos urbanos cercanos a nuestros recursos.

Desde un punto de vista etnográfico, nuestro paisaje humanizado representa la estructura sobre la que se asienta el modo de vida rural. Representan igualmente un sabio equilibrio entre hombre y naturaleza, un equilibrio sostenible que garantiza la utilización de sus recursos en tanto no se sobrepasen ciertos límites, un equilibrio en suma, que permite el desarrollo humano con la coexistencia de nuestra biodiversidad. Como experiencia estética, y también ética, la confluencia de los elementos abióticos, bióticos y antrópicos enriquecen nuestros paisajes.

música: El pare i la mare (Anónimo/Jordi Savall)- El pájaro de la felicidad - 1993 Éditions musicales AUVIDIS

01 - el concepto del paisaje

por Jesús Carrión Olarte

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El paisaje entendido como entorno natural, viene acompañando al hombre desde sus orígenes. Dicho entorno, es considerado en primer lugar en términos puramente de supervivencia, como fuente de recursos, pero también como lugar inclemente. En origen, sólo una versión domesticada de la naturaleza es considerada en las culturas desarrolladas, como susceptibles de convertirse en lugares para el placer o la contemplación. Surgen así los primeros jardines, como expresiones idílicas, como evocaciones del paraíso, libres de peligros e incomodidades.

No es hasta el siglo XVIII, cuando en el movimiento romántico el paisaje natural es valorado como experiencia estética. La literatura y el arte exaltan la belleza natural, y la jardinería, antes fuertemente geometrizada, prefiere formas directamente interpretadas de la naturaleza.

Paralelamente en el siglo XIX, el interés por la botánica, la zoología o la geología, vienen a incorporar su interés científico, que dará lugar a los movimientos conservacionistas que perduran hasta nuestros días.

Por otro lado, las ciencias directamente relacionadas con el hombre, la historia, la arqueología, la etnografía o la sociología, se interesan por el paisaje, no en su acepción natural, sino en aquellos paisajes marcados por las huellas de la actividad humana. Hablamos de los paisajes humanizados o paisajes antrópizados, que conforman la mayor parte de nuestra geografía.

Llega así hasta nuestros días el concepto del paisaje enriquecido con al menos tres maneras de apreciarlo:
El paisaje como ecosistema, pone el acento en la diversidad de su flora y fauna.
El paisaje ligado a la etnografía, se interesa por su relación con los modos de vida de las diferentes culturas que han habitado el lugar.
El paisaje como experiencia estética.

Estas tres visiones paralelas, complementarias, entrelazadas, pueden englobarse, sobre la base del interés que despierta en un comunidad y también de su fragilidad, en un único concepto: el paisaje como patrimonio.

música: La Mariagneta (Anónimo/Jordi Savall)- El pájaro de la felicidad - 1993 Éditions musicales AUVIDIS