por Jesús Carrión Olarte
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Ya en anteriores artículos hemos hablado de lo que denominábamos paisajes humanizados. Los hemos abordado, por un lado, como paisajes consolidados ligados a nuestra historia, en los que reconocer nuestra identidad. Hemos abordado también su humanización en términos de responsabilidad. Si en el paisaje heredado podemos reconocer los aciertos (y desaciertos) de las acciones de nuestros antepasados, el futuro nos obliga, entendiendo los paisajes humanizados como procesos dinámicos, a medir nuestras acciones.
Si el paisaje heredado, es consecuencia principalmente de una actividad humana ligada a la explotación de los recursos agrícola y ganadero, a nadie se le escapa que los actuales medios de explotación, poco tienen que ver, en términos de utilidad, con los antiguos bancales, molinos hidráulicos o acueductos. A nadie se les escapa también que ambos sectores, que antaño servían de sustento a los pobladores de Alpuente, no pasan hoy por su mejor momento, lo que no solo pone en crisis las construcciones antes mencionadas, sino lo que es mucho más grave, todo un modelo territorial y forma de vida. Como consecuencia de ello, Alpuente, no ajeno a la dinámica general de nuestro país, ha presenciado en su pasado mas reciente, el éxodo masivo de sus gentes.
En el primer artículo hablamos del paisaje como patrimonio, sumando al concepto de mera explotación de recursos, sus valores etnográficos, naturales y estéticos. Asistimos hoy al reconocimiento por la sociedad de estos valores, y como consecuencia el paisaje como patrimonio, bajo el nombre de turismo rural, turismo de interior o cultural, pasa a convertirse en bien económico.
Si el concepto de desarrrollo de los años 60, que todavía hoy persiste en nuestras mentes, ponían (y ponen) en peligro lo más preciado de nuestros paisajes y del modo de vida ligado a él, un modelo económico basado principal y casi exclusivamente en la explotación turística del patrimonio no está exento de peligros. Con frecuencia, una concepción simplista del modelo de vida rural, listo para el consumo del turista ocasional ávido de tópicos, ha convertido paisajes similares a los nuestros, en paisajes museo, en decorados vacíos de significado real.
La pregunta ¿son sostenibles nuestros paisajes?, pretende servir de reclamo para el debate sobre el futuro de nuestro patrimonio, sin duda rico y sobre todo nuestro. Solo insertando el patrimonio heredado, bancales, molinos, acueducto, aldeas, parajes naturales, como datos de partida en la planificación de nuestro desarrollo futuro, puede garantizarse su supervivencia como elementos vivos y no, en el mejor de los casos, como simples piezas de un decorado.
Sin duda no es tarea fácil, pero imprescindible si no queremos pagar el desarrollo con cultura.
música: El alba (Eduardo Paniagua)-Jardín de Al-Andalus-1999 Pneuma.